El exceso de cuidados debilita nuestras plantas, ¿cuándo hay que parar?
Plantas estresadas
El mantenimiento de las plantas es importante, pero siempre con medida.
Cuidar plantas puede parecer a primera vista una cuestión de sumar. Si queremos que estén más sanas necesitan más recursos: más agua, más abono, más protección, más atención, más cuidados. Sin embargo, en jardinería y en botánica ocurre a menudo lo mismo que en nuestro día a día: muchas veces más no es mejor. Y no cuanto más azúcar, más dulce. ¡Recuerda que hay veces que más azúcar provoca diabetes! Si bien muchas plantas mueren por abandono nuestra experiencia dice que otras muchas lo hacen por el exceso de cuidados malentendidos. Regar de más, abonar sin criterio o proteger en exceso puede generar un tipo de estrés silencioso que debilita a la planta y la vuelve más vulnerable a plagas, enfermedades y condiciones adversas.
Lejos de lo que pudiéramos pensar, el estrés vegetal no es siempre algo negativo. De hecho, una cierta dosis de estrés es parte natural del desarrollo de las plantas y una de las razones por la que las especies silvestres suelen ser más resistentes que muchas plantas de vivero. El problema realmente aparece cuando ese estrés deja de ser un estímulo adaptativo y se convierte en una presión constante que perjudica más que beneficia a nuestras plantas. Por tanto entender dónde está ese límite es clave para cultivar plantas más sanas, ¡y hoy te contamos todo lo que necesitas saber!
¿Qué es el estrés abiótico?
El estrés abiótico es aquel que no está causado por organismos vivos, sino por factores físicos o químicos del entorno. En plantas, los más habituales son el agua, los nutrientes, la temperatura, la luz y el tipo de suelo. Todos ellos son necesarios para la vida vegetal, pero cuando se salen de rango óptimo para cada especie, tanto por falta como por exceso, generan estrés.
En nuestra jardinería de andar por casa el estrés abiótico más frecuente no viene de la falta, sino del exceso. Es un error común que queramos cuidar más de lo necesario a nuestras plantas y esto sea precisamente lo que las está dañando. El ejemplo más claro son los cactus. ¿Por qué suelen morir? ¡Por exceso de riego! ¡Quien se lo diría a un ejemplar silvestre!
Las plantas han evolucionado en un entorno inestable y con una presión competitiva constante, por lo que están diseñadas más bien para buscar equilibrio, no comodidad. Paradójicamente, ese equilibrio incluye cierto grado de incomodidad controlada. Un poquito de presión es mejor.
¿Por qué regar de más es tan perjudicial?
El riego excesivo es uno de los errores más comunes y más dañinos. Cuando el suelo permanece constantemente húmedo, los espacios de aire entre las partículas se llenan de agua y las raíces dejan de recibir oxígeno. Recuerda que las raíces son un tejido tan vivo como el resto de la planta, por lo que si no pueden respirar, se ahogan. Esto provoca estrés radicular, favorece la aparición de hongos y bacterias patógenas además de reducir la capacidad de la planta para absorber nutrientes de forma eficiente.
Además, una planta regada en exceso no desarrolla un sistema radicular profundo. La lógica de esto es que al tener agua siempre disponible en superficie no necesita explorar el suelo. El resultado es una planta dependiente, con raíces superficiales, mucho más sensible a la sequía cuando el riego falla. El problema no es solo este, sino que las raíces también tienen una función estructural y de anclaje de la planta al suelo. Árboles de gran envergadura y con excesivo riego pueden desarrollar raíces ineficaces que haga que con fuertes temporales se vengan abajo. ¿Te suena haber visto algo de esto últimamente en las grandes ciudades?
El riego adecuado no es el más frecuente, sino el más oportuno. Regar menos veces, pero de forma profunda provoca un ligero estrés que estimula raíces más fuertes y plantas más resilientes.
El exceso de abono: crecimiento rápido, defensas débiles
Muchas veces, cuando queremos una planta crezca, sana, solemos abonar en exceso. Abonar de más produce un efecto engañoso, ya que si bien la planta crece rápido, con hojas grandes y un verde intenso esto no significa un éxito en su cultivo. Lo que a corto plazo parece un éxito a medio plazo es un grave problema estructural. El exceso de nutrientes, especialmente de nitrógeno, genera tejidos blandos, con paredes celulares más finas y menor concentración de compuestos defensivos.
Estas plantas son un imán para plagas como pulgones, cochinillas o ácaros, que prefieren tejidos tiernos y ricos en savia. Además, el desequilibrio nutricional puede bloquear la absorción de otros elementos esenciales, provocando carencias secundarias aunque el suelo esté lleno de recursos. Abonar no es alimentar sin límite, sino ajustar nuestro suelo para que sea lo más optimo posible. No es dar mucho alimento a nuestro jardín, es darle el que necesita. Una planta ligeramente contenida en su crecimiento suele ser más compacta, más equilibrada y más resistente, a pesar de que crezca más lentamente. El crecimiento lento no es un fallo, es una estrategia con mucho sentido.
¿Cómo podemos entrenar una planta para ser más resistente?
Es cierto que las plantas no tienen músculos ni sistema nervioso, pero sí tienen memoria fisiológica. Una planta expuesta de forma gradual a condiciones variables, como una sequía ligera, viento moderado u oscilaciones térmicas activa mecanismos de adaptación que la hacen más fuerte a largo plazo. Es algo así como una vacuna: la exposición a agentes externos adversos moderados la prepara para cuando deba enfrentarse a problemas graves.
Este entrenamiento vegetal ocurre simplemente cuando evitamos intervenciones constantes. Dejar que el sustrato se seque ligeramente entre riegos, no proteger en exceso del frío cuando la especie lo tolera, permitir cierta competencia con otras plantas… todo esto estimula respuestas defensivas internas. Entre esas respuestas están el engrosamiento de tejidos, el desarrollo de raíces más profundas o una mejor adaptación al entorno real de cultivo. Una planta que nunca ha tenido que defenderse no sabe hacerlo cuando llega el problema. Y si nosotros no estamos entonces ahí para responder en seguida es probable que deje de ser parte de nuestro jardín.
¿Por qué las plantas silvestres son tan diferentes a las plantas de vivero?
Las diferencias entre las plantas silvestres y las cultivadas en vivero se basa únicamente en las condiciones ambientales, ya que genéticamente pueden ser idénticas y aun así que las encontremos muy diferentes entre sí. Las plantas silvestres crecen desde el principio en condiciones variables. Lluvias irregulares, suelos pobres, competencia, viento, cambios bruscos de temperatura. Sobreviven las que se adaptan, y esa presión selectiva genera poblaciones resistentes.
Las plantas de vivero, en cambio, suelen crecer en condiciones muy controladas: riegos frecuentes, fertilización constante, temperaturas suaves y ausencia de competencia. Esto permite un crecimiento rápido y atractivo para la venta, pero también genera plantas poco preparadas para el mundo real. Plantas que pueden tener difícil adaptarse a nuestro jardín. Cuando una planta de vivero pasa directamente de ese entorno protegido a un jardín con menos riego, más sol o suelos distintos, sufre un choque de estrés. No porque el jardín sea hostil, sino porque la planta no ha sido aclimatada.
Por eso es tan importante el periodo de adaptación tras la plantación: riegos ajustados, reducción progresiva de cuidados intensivos y tiempo para que la planta aprenda y ase acostumbre el nuevo entorno.
Como has visto, cuidar bien una planta no es darle siempre más, sino darle lo justo en el momento adecuado. Esto hace que profundizar en nuestro hobby sea en gran medida aprender a leer nuestro jardín y saber qué nos requiere y cuándo lo hace. Cuando entendemos esto, el jardín deja de ser un espacio de intervención constante y se convierte en un sistema vivo que se regula, en gran parte, por sí mismo. Y ahí es donde las plantas, paradójicamente, están más sanas.