El error que arruina huertos y jardines aunque uses fertilizante y riegues bien
Regar y abonar de más no siempre es la solución a un suelo cansado.
Hay una escena bastante habitual en huertos y jardines que, si llevas algunos años con esta afición, probablemente hayas visto en tu propia casa: una zona que antes producía bien empieza a hacerlo peor. Las plantas crecen menos, enferman más, responden peor al riego… o simplemente parecen atascadas en su crecimiento. Cuando esto ocurre nos paramos a pensar y si el riego no es el problema puede ser lógico pensar que simplemente debemos añadir más abono.
Si algo no crece, y no es por el agua, será que le faltan nutrientes, ¿no? Pues en realidad no siempre. En realidad un suelo puede estar agotado incluso aunque sigamos fertilizándolo. Y este es uno de los errores más frecuentes al entender la tierra únicamente como un simple soporte donde añadimos comida para las plantas. El suelo no es simplemente un saco de nutrientes. Es un sistema vivo, dinámico y extremadamente complejo.
Cuando hablamos de un suelo cansado, no significa necesariamente que se haya quedado sin minerales. Muchas veces significa algo bastante más profundo: ha perdido estructura, equilibrio biológico, capacidad funcional o es una masa demasiado estéril como para seguir refiriéndonos a ella como suelo. Dicho de otra forma, no sirve de nada que sigamos alimentando un suelo cuando este ha perdido su capacidad de gestionar el alimento. Y esto nos puede pasar a todos. ¿Quieres saber por qué ocurre esto y cómo solucionarlo? ¡Te lo cuento todo en este artículo!
¿Qué significa realmente un suelo agotado?
Cuando hablamos de agotamiento del suelo no nos referimos solo a carencias nutricionales. Un suelo degradado puede seguir conteniendo nutrientes, pero no ponerlos a disposición de las plantas correctamente. Piensa que un suelo sano cumple muchas más funciones que almacenar agua y nutrientes. También ayuda a intercambiar gases, albergar microorganismos, albergar fauna edáfica, transformar materia orgánica, amortiguar cambios químicos, sostener físicamente las raíces…
Cuando estas funciones empiezan a fallar, el suelo se vuelve menos productivo aunque pueda contener nutrientes y esté bien regado. Un ejemplo muy sencillo es que un suelo muy compactado, donde no pueden penetrar bien las raíces, las raíces no pueden obtener oxígeno, ni el agua puede penetrar… No es el mejor suelo y no van a crecer plantas fuertes. Aunque esté bien nutrido. Piensa que es algo así como tener una despensa llena en una casa sin cocina. Puedes tener los ingredientes, pero no les puedes sacar partido.
Por tanto, es importante que quitemos el mito de que abonar siempre soluciona el problema. Esto no es así, pero es un error común. Si una planta crece mal, solemos pensar en falta de nitrógeno, fósforo o potasio y querer compensarlo. Pero un exceso de fertilización puede incluso empeorar un suelo degradado. ¿Por qué? Porque el problema puede no ser falta de nutrientes, sino compactación, mala aireación, microbiología alterada, mal drenaje, acumulación de sales, desequilibrio químico… Una vez más, en esos casos, añadir más fertilizante no arregla nada. A veces solo añade otra capa de estrés.
Un ejemplo muy sencillo de esto es el problema de las sales acumuladas. En suelos o macetas intensivamente fertilizados aparece el problema de la salinidad, ya que muchos fertilizantes aumentan sales solubles. Como consecuencia encontramos dificultad para absorber agua, estrés osmótico, daño radicular o incluso un propio bloqueo nutricional. Es paradójico, lo sé, pero una planta puede estar aún más desnutrida en un suelo sobrefertilizado.
La estructura del suelo
Uno de los aspectos más olvidados es la estructura física. Un suelo sano no es polvo suelto ni barro compacto. Tiene una arquitectura interna formada por agregados, poros y canales.
Esto permite la entrada de oxígeno, la infiltración de agua, la expansión radicular y la actividad microbiana. Cuando esa estructura se pierde el agua escurre demasiado rápido o se encharca, las raíces encuentran resistencia, baja el oxígeno, disminuye la actividad biológica.
Hay varios culpables habituales cuando hay una degradación la estructura. Por ejemplo un laboreo excesivo, es decir, remover constantemente, rompe agregados estables. Esto por ejemplo ocurre con frecuencia en suelos en los que continuamente se están llevando a cabo cultivos intensivos sin dejar que el suelo descanse. Otro problema son los pisoteos recurrentes o la compactación, muy típico en huertos pequeños o suelos muy trabajados, pero también en regiones de nuestro jardín por donde solamos pasar o campos por los que suela pastorear el ganado.
A veces la pérdida de la estructura del suelo simplemente es debido a una falta de materia orgánica, que ayuda a mantener cohesión y estructura, o a un riego inadecuado, ya que un exceso de este o un impacto repetido puede deteriorar el perfil.
La gran olvidada vida microbiana
Este es probablemente el punto más importante del artículo y que muchos olvidamos porque simplemente no es ve. El suelo no es tierra inerte, está lleno de vida. En él encontramos bacterias, hongos, actinomicetos, protozoos, nematodos, microartrópodos, lombrices…
Esta comunidad transforma residuos, recicla nutrientes y crea equilibrio. Sin ella los nutrientes circulan peor, aumenta vulnerabilidad a patógenos, baja la fertilidad funcional, empeora la estructura física…
Igual que comentábamos que la estructura del suelo se podría ver afectada por prácticas habituales, lo mismo ocurre con la vida del suelo. En general todo aquello que reduzca la diversidad y funcionalidad de las comunidades del suelo reducen ese “suelo vivo”. Y en concreto nos referimos a realizar monocultivos prolongados, abusar de fertilizantes químicos, pesticidas mal utilizados, compactación, falta de materia orgánica, mantener el suelo desnudo constantemente…
Exceso de cultivo
Como imaginarás, cultivar continuamente sin descanso genera presión constante sobre el sistema. Esto es algo lógico si pensamos que se extraen recursos, se alteran comunidades biológicas y se repiten patrones de estrés. Esto puede agravarse en los monocultivos, ya que si se cultiva siempre la misma especie se consume continuamente perfiles nutricionales similares, se favorece plagas específicas y se empobrece la biodiversidad microbiana.
Síntomas de un suelo agotado y cómo recuperarlo
En realidad un suelo agotado se reconoce muy fácilmente, ya que es aquel en el que encontramos crecimiento débil pese a fertilización, existe una peor infiltración o encharcamiento, observamos como se transforma en un suelo duro o apelmazado, con una costra superficial, una menor presencia de lombrices, más enfermedades recurrentes y plantas con carencias aparentemente inexplicables.
No siempre es un solo síntoma, sino que la mayoría de las veces se presentan varios de ellos a la vez, ya que en realidad incluso ocurre una retroalimentación. Lo bueno es que una vez que hemos identificado el problema de que nuestro suelo está agotado podemos recuperarlo. Te cuento algunas estrategias para que escojas la que mejor se adapta a tu caso concreto.
- Añadir materia orgánica de calidad. Compost, estiércol bien maduro o enmiendas orgánicas ayudan a alimentar microbiota, mejorar estructura, aumentar retención hídrica, favorecer agregación… Es decir, reconstruir el ecosistema del suelo.
- Cubrir el suelo. El suelo desnudo se degrada, mientras que un acolchado protege frente a la evaporación, impacto de lluvia, temperaturas extremas, erosión… Además de que alimenta vida edáfica. Es decir, reduce el impacto que lleva a un suelo a agotarse mientras que resuelve el problema cuando ya ha ocurrido.
- Rotación de cultivos. Especialmente en huertos permite diversificar extracción nutricional, romper ciclos de plagas y estimular microbiotas distintas. Si quieres saber más al respecto te recomendamos nuestro artículo específico sobre ello.
- Reducir laboreo agresivo. Remover menos muchas veces mejora más, ya que como hemos dicho el exceso de laboreo destruye estructura y redes biológicas. La clave es que solo hagamos manipulaciones agresivas cuando sea estrictamente necesario.
- Introducir plantas restauradoras. Algunas especies ayudan a recuperar nuestro suelo. Por ejemplo, las leguminosas aportan nitrógeno, las gramíneas una estructura radicular potente o simplemente aquellas que generen cubiertas vegetales. Puedes utilizar algunas de estas especies en la rotación de cultivo y, sobre todo, recuerda que no todas las malas hierbas son enemigas.
- Dejar descansar. A veces recuperar implica no intervenir tanto. Puedes optar simplemente por permitir un descanso biológico.
Como has visto, muchas veces un suelo cansado no necesita más fertilizante. Muchas veces necesita volver a estar vivo. Debemos empezar a entender que las causas del suelo empobrecido suele ser multifactorial, y ese cambio de perspectiva lo transforma todo. Debemos dejar de tratar la tierra como un simple recipiente y empezar a entenderla como lo que realmente es: un ecosistema que debemos cuidar en todos sus aspectos.