La importancia del riego, más allá de echar agua a las plantas
Mantenimiento del jardín
Regar no es solo echar agua a las plantas, este acto tiene efectos inmediatos en todo tu jardín
Regar parece el gesto más simple del jardín y al que dedicamos buena parte de las horas de nuestra afición. Es tan sencillo como echar agua sobre la tierra, que la planta “beba” y todos contentos, ¿no?. En realidad, cada vez que regamos estamos alterando un sistema complejo donde intervienen agua, aire, sales disueltas y vida microscópica. El suelo no es una esponja inerte, su no una estructura viva que está en un frágil equilibrio. Y el riego puede reforzar ese equilibrio… o romperlo. ¡Regar no es tan sencillo como podríamos pensar!
El error más común no es regar poco ni, tan siquiera, regar demasiado. El verdadero problema es pensar que regar es solo añadir agua. En realidad, cada riego modifica la proporción de oxígeno disponible en el suelo, cambia la concentración de sales y afecta a la microbiología que rodea a las raíces, entre otras muchas cosas. ¿Quieres saber qué ocurre al regar y cómo hacerlo adecuadamente? ¡Te lo cuento todo!
¿Qué pasa en el suelo cuando regamos?
Cuando el agua penetra en el suelo tras un riego, pero también tras una lluvia, ocupa los huevos que existen entre las partículas de suelo (los poros) que normalmente contienen aire. Esos poros son fundamentales porque permiten que las raíces respiren aunque se encuentren bajo tierra. Las raíces no solo absorben agua y nutrientes, ¡también necesitan oxígeno para realizar respiración celular! Sin oxígeno, su metabolismo se altera. O sea que cuando realmente decimos que hemos ahogado una planta por exceso de agua… ¡Es verdad!
En un suelo equilibrado tras el riego el agua drena lentamente y el aire vuelve a ocupar parte de esos espacios. Ese ciclo donde el agua penetra, ocupa los poros y luego vuelve a desaparecer completamente es normal, necesario y saludable. El problema aparece cuando el suelo permanece saturado durante demasiado tiempo, cuando no dejamos que el agua nunca desaparezca del todo. Entonces el oxígeno escasea porque estos huecos están permanentemente ocupados y se generan condiciones anaerobias, es decir, las raíces no pueden respirar.
Estas condiciones pueden provocar que las raíces mueran y se pudran, lo que es una sentencia casi segura para nuestra planta. Pero es que, además, esas condiciones cambian también las comunidades microbianas. Microorganismos que crecen bien sin oxígeno pueden multiplicarse y producir compuestos tóxicos para las raíces de esa misma planta, de las circundantes y de las futuras que allí se encuentren. Lo que empezó como un riego generoso puede terminar en estrés radicular, ¡no es ninguna broma!
Asfixia radicular y compactación: el enemigo silencioso
Como hemos comentado lo más común y rápido es la asfixia radicular, que ocurre cuando el suelo retiene agua en exceso y no permite la circulación de aire. Las raíces, privadas de oxígeno, reducen su actividad, se vuelven más susceptibles a enfermedades y pueden pudrirse. Sin embargo, otro fenómeno también muy frecuente y cuya solución puede ser aún más complicada es la compactación. Un suelo compacto es aquel que tiene menos poros grandes y, por tanto, la oxigenación es más compleja (por no decir insuficiente) y drena peor el agua. Si regamos con frecuencia en un suelo ya compacto, la saturación es casi inevitable. Esto provoca que muchas plantas amarillean aun cuando tienen acceso al agua, ¡Porque el problema no es ese, sino su exceso mal gestionado! Curiosamente, el riego continuo puede favorecer la compactación en ciertos suelos, especialmente si se camina sobre ellos o se trabaja en húmedo. La estructura de un suelo húmedo es más susceptible a colapsar y a que este problema aparezca y se perpetúe en el tiempo. Así que un par de grandes consejos son que cuando las condiciones lo permitan un poco de sequía controlada puede ser favorable y que evitemos a toda costa caminar sobre tierra recién regada. ¡Tus plantas te lo agradecerán!
El efecto de la calidad del agua
No toda el agua es igual. Suponiendo que toda el agua con el que vayamos a regar es agua tratada, el agua no es solo agua. El agua de riego contiene sales disueltas, principalmente calcio y magnesio en el caso del agua dura. A corto plazo no suele ser un problema, pero a largo plazo puede alterar el pH del suelo y acumular sales en macetas o suelos mal drenados. ¿Has visto alguna vez unas costras blancas que aparecen en las macetas? ¡Cal! Y créeme, no es buena señal.
En plantas acidófilas, como hortensias o camelias, el uso continuado de agua muy dura puede elevar el pH y provocar clorosis férrica (hojas amarillas con nervios verdes), es decir, incapacidad para absorber hierro, aun cuando está presente en el suelo. El agua blanda, por otro lado, tiene menos minerales. No siempre es mejor; todo depende de la especie y del contexto. Lo importante es entender que cada riego no solo aporta humedad, sino también minerales que se acumulan con el tiempo.
Un riego adecuado incluye, cuando es necesario, lavados periódicos del sustrato para arrastrar sales y un conocimiento básico de la calidad del agua disponible.
¿Por qué regar mucho suele ser peor que regar mal?
Regar mal es un término tan amplio que puede significar incluso hacerlo a horas poco adecuadas o de forma superficial. Hoy nos centraremos únicamente en las cantidades y en uno de los grandes problemas cuando nos estamos iniciando en la jardinería: regar demasiado. Aunque nos avergüence reconocerlo a todos nos ha pasado que, en nuestros inicios, cuando hemos decidimos dedicarnos a la jardinería (una afición que implica paciencia y donde en muchas ocasiones correr en lugar de andar es un problema) pecamos de generosos. ¿Qué es lo que podemos hacer todos los días cuando queramos disfrutar de nuestro jardín? Regar, regar mucho. ¡Mala idea! Regar mucho implica alterar de forma constante el equilibrio del suelo. El exceso de riego es uno de los errores más frecuentes porque se asocia erróneamente con más cuidado.
Cuando regamos demasiado, la planta se vuelve dependiente. Sus raíces se desarrollan superficialmente porque siempre encuentran agua arriba, por lo que no exploran capas profundas ni desarrollan sistemas radiculares fuertes. A la mínima sequía, la planta sufre más que otra que ha sido regada con moderación, ya que tiene un sistema radicular más débil e incapaz de encontrar agua por su cuenta. En términos prácticos, una planta ligeramente estresada por falta puntual de agua suele recuperarse e incluso puede beneficiarse a largo plazo frente a perturbaciones. Una planta con raíces dañadas por asfixia tarda mucho más en volver a equilibrarse.
Como has visto, regar no es solo añadir agua, sino que es intervenir en un complejo sistema vivo. Debemos cambiar nuestra perspectiva, el suelo está vivo respira, las raíces respiran, los microorganismos interactúan. Cuidar bien una planta no significa mantenerla constantemente húmeda, sino respetar sus ritmos y necesidades. El riego, bien entendido, no es abundancia. Es equilibrio entre agua y aire. Y ahí, como en casi todo en jardinería, la clave no está en hacer más, sino en hacer mejor.