Las olas de calor no solo secan las plantas: el daño invisible que puede acabar con tu jardín

El calor extremo no solo marchita las plantas. También puede provocar auténticas quemaduras solares.

La mejor estrategia consiste en aumentar la resiliencia del jardín durante todo el año
La mejor estrategia consiste en aumentar la resiliencia del jardín durante todo el año

Tristemente, durante los últimos años las olas de calor han dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un episodio cada vez más habitual durante el verano. Actualmente, es común tener temperaturas que superan ampliamente los 35 o incluso los 40 °C, noches tropicales en las que el termómetro apenas desciende y periodos de varios días consecutivos con un calor sofocante suponen un enorme desafío para nosotros… y también para nuestras plantas. Muchas veces pensamos que basta con regar un poco más para solucionar el problema. Sin embargo, el calor extremo afecta a las plantas de formas mucho más complejas. Altera la fotosíntesis, modifica la respiración, acelera la pérdida de agua, calienta peligrosamente las raíces e incluso puede provocar daños irreversibles en hojas y tejidos jóvenes. ¡Y esto no se soluciona solo con más agua!

Mientras todas las miradas se centran en las hojas, el sistema radicular también está sufriendo
Mientras todas las miradas se centran en las hojas, el sistema radicular también está sufriendo

La primera buena noticia es que las plantas llevan millones de años enfrentándose al calor. La segunda es que somos unos excelentes jardineros que no dejaremos que se enfrenten solas a este problema. ¿Quieres saber qué le ocurre a tu jardín durante una ola de calor y como ayudarle? ¡Te lo cuento en este artículo!

¿Qué ocurre en una planta durante una ola de calor?

Para entender el problema debemos imaginar que una planta funciona continuamente como una fábrica. Durante el día realiza la fotosíntesis, absorbe agua por las raíces, transporta nutrientes, transpira para regular su temperatura… Hasta que llega una ola de calor y prácticamente todos estos procesos se alteran al mismo tiempo.

La planta entra en una situación de estrés fisiológico cuyo principal objetivo deja de ser crecer para centrarse simplemente en sobrevivir. Esto se conoce como estrés térmico, y es mucho más que tener calor.

El estrés térmico aparece cuando la temperatura supera el rango óptimo de funcionamiento de la planta. Cada especie posee sus propios límites. Por ejemplo, una lavanda soporta temperaturas mucho más elevadas que una hortensia, un cactus resiste mejor el calor que un helecho y una planta mediterránea tolera condiciones que resultarían letales para muchas especies tropicales. Una vez más… ¡Consecuencias de la evolución!

Aun así, cuando esos límites se sobrepasan disminuye la fotosíntesis, aumenta la respiración, se altera el equilibrio hormonal y la planta consume reservas más rápidamente. Aunque externamente todavía parezca sana, internamente ya está trabajando al límite. Algo así como cuando nuestro móvil empieza a funcionar más durante un día caluroso o en el coche y aparece el temido mensaje que indica que nuestro dispositivo está demasiado caliente.

La deshidratación: el gran enemigo

El principal problema durante una ola de calor suele ser el agua. Con temperaturas elevadas aumenta enormemente la transpiración, ya que los estomas liberan vapor de agua para refrigerar las hojas, igual que nosotros sudamos para disipar calor.

Sin embargo, llega un momento en que las raíces no pueden absorber agua al mismo ritmo al que las hojas la pierden. Es entonces cuando aparecen los primeros síntomas pérdida de turgencia, hojas caídas, enrollamiento foliar, crecimiento detenido… Síntomas claros de que la planta intenta reducir el consumo de agua para evitar daños mayores. Es entonces cuando la planta prioriza cerrar los estomas para evitar perder agua más rápido de lo que la consigue.

El gran problema de este mecanismo de resistencia al calor es que cerrar los estomas tiene un precio: al cerrarse también disminuye la entrada de dióxido de carbono necesario para la fotosíntesis, algo así como limitar la cantidad de alimento que obtiene la planta. Como consecuencia baja la producción de azúcares, disminuye el crecimiento y la planta dispone de menos energía. Es una solución de emergencia, no una situación sostenible durante mucho tiempo.

Curiosamente, regar continuamente para paliar esto también es un error. La reacción más habitual frente al calor consiste en aumentar mucho la frecuencia de riego y, aunque pueda parecer lógico, no siempre es la mejor solución. Los riegos superficiales y continuos favorecen raíces poco profundas, mayor evaporación (el agua suele quedarse más cerca de la capa superficial del suelo) y una dependencia de riegos constantes. Aunque parezca sorprendente en la mayoría de situaciones resulta preferible realizar riegos más profundos que permitan humedecer el perfil del suelo y favorezcan un sistema radicular más resistente.

Existen medidas mucho más eficaces que regar sin parar
Existen medidas mucho más eficaces que regar sin parar

Por si esto fuera poco cuando el calor supera la capacidad de refrigeración las plantas utilizan la evaporación del agua para enfriar sus hojas en un proceso similar a como nuestra piel utiliza el sudor. Pero si el aire está extremadamente caliente o muy seco, este sistema deja de ser suficiente y la temperatura foliar puede aumentar varios grados por encima de la ambiental. Y entonces aparecen las quemaduras.

Quemaduras solares: no solo nos quemamos las personas

Las hojas también pueden sufrir lesiones por exceso de radiación y temperatura. Las quemaduras solares suelen manifestarse como manchas blanquecinas, zonas marrones o negras, tejido seco o bordes necrosados. Como es lógico normalmente aparecen en las partes más expuestas al sol y las hojas jóvenes son especialmente sensibles porque todavía no han desarrollado completamente sus mecanismos de protección. ¡Como nuestra piel!

Es muy interesante entender que no siempre es culpa del sol, ya que muchas veces el problema surge por una combinación de factores como la radiación intensa, temperatura elevada, baja humedad ambiental y falta de agua. Por separado podrían no causar daños, es decir, la simple exposicion al Sol de una planta adaptada a ellos no tiene porque supone un problema. Juntos sí.

Las raíces también sufren el calor

Solemos pensar únicamente en las hojas, la parte más expuesta y más visible. Sin embargo, el sistema radicular también experimenta importantes problemas. Cuando el suelo alcanza temperaturas excesivas disminuye el crecimiento radicular, aumenta la respiración de las raíces, se reduce la absorción de agua y pueden dañarse tejidos muy delicados. Es decir, esto significa que cuanto más necesita agua la planta, peor funcionan sus raíces.

Es aquí donde surge el gran problema de las macetas, ya que las plantas cultivadas de esta manera son especialmente vulnerables. Mientras el suelo natural actúa como un enorme regulador térmico, una maceta posee muy poco volumen y se calienta con enorme rapidez. En una maceta oscura expuesta al sol el sustrato puede alcanzar temperaturas muy superiores al aire, las raíces quedan mucho más expuestas y el agua se evapora rápidamente.

Es frecuente que una planta perfectamente adaptada al clima falle simplemente porque el recipiente se sobrecalienta.

¿Qué podemos hacer para proteger nuestro jardín de las olas de calor?

Los días más calurosos afectarán a nuestro jardín, pero lo podemos amortiguar. En este aspecto una opción es el acolchado. Una capa de corteza, paja, hojas, compost o restos vegetales. Esto ayuda a reducir evaporación, estabilizar la temperatura del suelo, proteger las raíces y mejorar progresivamente la estructura del terreno. En muchos jardines puede marcar una enorme diferencia durante el verano.

Otra excelente opción (y muy barata) es tan simple como crear sombra, ya que no todas las plantas soportan la radiación intensa durante una ola de calor. En algunos casos puede ser conveniente utilizar mallas de sombreo, toldos temporales y sombras naturales generadas por árboles o arbustos. Reducir ligeramente la radiación durante los días más extremos puede evitar daños importantes.

Cuando el suelo alcanza temperaturas muy elevadas, las raíces reducen su capacidad para absorber agua
Cuando el suelo alcanza temperaturas muy elevadas, las raíces reducen su capacidad para absorber agua

Señales de alarma

Debemos prestar especial atención a nuestro jardín durante las olas de calor si aparecen hojas completamente caídas incluso por la mañana, quemaduras generalizadas, caída masiva de flores o frutos, brotes marchitos o sustrato extremadamente seco pocas horas después del riego.

Estos síntomas indican que la planta está superando su capacidad de adaptación y debemos plantearnos tener que tomar medidas de amortiguación como crear sombras de emergencia o, incluso, trasladar nuestras plantas a entornos más frescos.

Cómo preparar el jardín para futuras olas de calor

La mejor estrategia consiste en aumentar la resiliencia del jardín durante todo el año. Algunas medidas útiles son mejorar la materia orgánica del suelo, favorecer raíces profundas mediante riegos adecuados, utilizar acolchados, elegir especies adaptadas al clima local, evitar compactación del suelo y agrupar plantas con necesidades similares. Un jardín bien diseñado soporta mucho mejor los episodios extremos. ¡Debemos tender a esto!

Manuel Gras

Manuel Gras es biólogo graduado por la Universidad de Alicante, con formación transversal en biología biosanitaria y ambiental. Investigador en el Instituto Multidisciplinar para el Estudio del Medio (IMEM) de la Universidad de Alicante, estudia el impacto de distintos factores sobre los ecosistemas áridos y semiáridos. Máster en Educación en la especialidad de ciencias, compagina su labor investigadora con la divulgación científica.

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