Una amapola vive meses y un olivo siglos: ¿quién ha ganado la partida?
Descubre en qué se diferencian las plantas anuales, bienales y perennes y cuáles elegir para tu jardín.
Una amapola puede germinar, crecer, florecer, producir cientos de semillas y morir en apenas unos meses. A pocos metros de ella puede crecer un olivo que lleve allí varios siglos y que, con un poco de suerte, continúe vivo mucho después de que nosotros hayamos desaparecido. La diferencia resulta enorme, ¿no crees? ¡Y todo son plantas! Entonces, ¿por qué algunas viven tan poco mientras que otras pueden hacerlo durante décadas o incluso siglos? Podríamos pensar que las plantas más longevas son simplemente mejores supervivientes. Sin embargo, la realidad es bastante más interesante. Vivir mucho tiempo no es necesariamente mejor que vivir unos meses.
En realidad son estrategias vitales diferentes que han aparecido a lo largo de la evolución y que permiten a las plantas enfrentarse de distintas maneras a un mismo desafío: sobrevivir, reproducirse y dejar descendencia. Y esta diferencia no solo resulta interesante desde el punto de vista biológico. Entenderla también puede ayudarnos a decidir qué plantas queremos cultivar en nuestro jardín. ¿Quieres saberlo todo sobre estas dos estrategias de supervivencia? ¡Te lo cuento todo en este artículo!
Plantas anuales, bienales y perennes: ¿en qué se diferencian?
Una primera forma de comprender estas estrategias consiste en observar cuánto dura el ciclo vital de una planta. Las plantas anuales completan su ciclo en una única temporada. Germinan a partir de una semilla, crecen, florecen, producen nuevas semillas y finalmente mueren. ¡Todo a una velocidad de vértigo! Muchas amapolas, girasoles o plantas utilizadas habitualmente en nuestros huertos siguen, con diferentes matices, este modelo.
Las bienales necesitan normalmente dos temporadas. Durante la primera suelen concentrarse en crecer y acumular reservas. Después atraviesan un periodo desfavorable y, cuando regresan las condiciones adecuadas, utilizan buena parte de esos recursos para florecer y reproducirse. Las plantas perennes, por el contrario, sobreviven durante más de dos años. Aquí encontramos desde pequeñas herbáceas capaces de rebrotar cada temporada hasta arbustos y enormes árboles que pueden vivir durante siglos. Es decir en realidad perenne no significa vivípara siempre ni mucho menos.
Por qué existen estrategias tan diferentes: el presupuesto limitado de las plantas
Pero esta clasificación solamente describe lo que ocurre. La pregunta realmente interesante es… ¿Por qué existen estrategias tan diferentes?
La clave es que todas las plantas tienen un presupuesto limitado. Absolutamente todas, hasta aquellas que vivan en un ambiente más generoso. Con los recursos que consigue mediante la fotosíntesis y la absorción de agua y nutrientes debe fabricar hojas, producir raíces, crecer, defenderse de herbívoros y patógenos, almacenar reservas, reparar daños y, por supuesto, reproducirse.
El problema es que los recursos destinados a una función dejan de estar disponibles para otras. Una planta que invierte grandes cantidades en producir rápidamente flores y semillas no puede utilizar exactamente esos mismos recursos para fabricar estructuras resistentes que duren durante décadas. Por tanto, aquí aparece una de las grandes diferencias entre las distintas estrategias vitales. Muchas plantas anuales viven deprisa, terminan cuando aparecen las condiciones adecuadas y destinan una parte importante de sus recursos a crecer y alcanzar rápidamente la reproducción. No necesitan construir un tronco capaz de sobrevivir durante cincuenta inviernos ni mantener durante décadas una enorme estructura de ramas. Su objetivo es diferente: completar el ciclo antes de que las condiciones dejen de ser favorables. Aunque a nosotros nos cueste entenderlo por el hecho de que vivimos bastantes décadas en realidad si lo contemplamos bajo el objetivo de reproducirse no es tan descabellado ahorrarte las épocas tan desfavorables estando dentro de una semilla.
Crecer rápido o resistir: dos formas de invertir los recursos
Podemos imaginar estas estrategias como diferentes maneras de invertir. Normalmente qué estrategia ha elegido cada planta responde a cómo es su ambiente. En ambientes donde los recursos aparecen durante periodos breves o donde las perturbaciones son frecuentes puede resultar ventajoso crecer rápidamente, reproducirse y producir numerosas semillas capaces de dispersarse o permanecer esperando. Por eso muchas plantas anuales funcionan especialmente bien colonizando espacios abiertos y terrenos alterados. Las especies longevas pueden seguir una estrategia muy diferente. En lugar de completar rápidamente todo su ciclo vital, pueden invertir más recursos en mantener estructuras duraderas, almacenar reservas y sobrevivir a condiciones desfavorables.
Qué pasa con las plantas que “desaparecen” en invierno: bulbos, rizomas y tubérculos
Precisamente esa diversidad es lo interesante. Una planta perenne no tiene por qué ser un árbol. Muchas plantas herbáceas pierden prácticamente toda su parte aérea durante determinados momentos del año y desde nuestra perspectiva parece que han desaparecido, pero bajo tierra permanecen vivas. Bulbos, rizomas, tubérculos, raíces u otros órganos pueden almacenar reservas y proteger las estructuras desde las que volverán a desarrollarse nuevos brotes cuando regresen las condiciones favorables. En lugar de mantener hojas y tallos expuestos durante todo el año, estas plantas conservan únicamente aquello que necesitan para comenzar de nuevo. Es algo así como un punto intermedio entre plantas anuales y perennes, otra forma de resolver el problema de cómo invertir mejor los recursos.
¿Qué estrategia es mejor, vivir poco o vivir mucho?
Ninguna y todas a la vez. Una planta anual tiene algunas ventajas evidentes. Puede crecer rápidamente, aprovechar recursos temporales, colonizar nuevos espacios y completar su reproducción en muy poco tiempo. Además, muchas especies producen grandes cantidades de semillas. Pero cada año debe empezar prácticamente desde cero y aquí aparece uno de los riesgos de esta estrategia: la siguiente generación depende del éxito de esas semillas. ¿Qué ocurre si las condiciones cambian súbitamente y ese año resulta especialmente desfavorable para germinar y establecerse? La población podría reducirse enormemente. Sin embargo, muchas especies cuentan con una especie de seguro de vida: no todas sus semillas germinan inmediatamente. Algunas pueden permanecer dormidas en el suelo durante meses o incluso años, formando un banco de semillas que permite repartir el riesgo entre diferentes temporadas.
El banco de semillas: el seguro de vida de las plantas anuales
Una planta perenne, en cambio, puede conservar raíces y otras estructuras ya construidas. Una vez establecida puede aprovecharlas durante sucesivas temporadas y disponer de múltiples oportunidades para reproducirse. A cambio, debe invertir recursos en mantenerlas. ¿Recuerdas cuando explicamos por qué ciertas especies son caducas y otras perennes? ¡La explicación era que cuando a una planta le sale más caro mantener las hojas que perderlas y no hacer la fotosíntesis las tiran! Todo se basa en respuestas a una misma pregunta: ¿cómo invierto mejor mis recursos?
Anuales o perennes: qué elegir para tu jardín
Cuando elegimos entre plantas anuales y perennes no estamos escogiendo únicamente cuánto tiempo queremos que dure una planta. También estamos introduciendo en nuestro jardín organismos con estrategias de crecimiento diferentes.
Las anuales pueden resultar estupendas para llenar rápidamente espacios vacíos y conseguir floraciones espectaculares durante una temporada. También nos permiten modificar fácilmente el aspecto de una zona del jardín de un año para otro. Pero tendremos que renovarlas, permitir que se resiembren o volver a sembrarlas. Las perennes ofrecen una estructura mucho más estable. Una vez establecidas pueden permanecer durante años y algunas necesitarán relativamente poca intervención para volver a crecer o florecer cada temporada. A cambio, debemos pensar mejor dónde las colocamos. Una planta que permanecerá diez años en el mismo lugar merece algo más de planificación que otra que desaparecerá al terminar la temporada.
Y la mejor noticias es que no tenemos por qué elegir. Combinar especies con diferentes ciclos vitales puede permitirnos mantener una estructura permanente mediante arbustos y herbáceas perennes mientras utilizamos anuales para introducir floraciones, cubrir temporalmente espacios o cambiar el aspecto del jardín.
Es más, conocer su estrategia nos ayuda a cuidarlas. Si una planta anual comienza a deteriorarse después de florecer y producir semillas, quizá no estemos haciendo nada mal. Puede encontrarse simplemente al final de su ciclo. Podemos regarla más, abonarla o cambiarla de lugar, pero no conseguiremos convertir una estrategia anual en una perenne.
Del mismo modo, una herbácea perenne que pierde completamente sus hojas durante el invierno no necesariamente está muerta. Puede estar conservando bajo tierra las estructuras y reservas necesarias para rebrotar meses después. Conocer qué tipo de planta tenemos nos permite interpretar correctamente estas señales y adaptar nuestros cuidados a su biología.
Como has visto, un árbol que vive varios siglos no es necesariamente mejor superviviente que una pequeña planta que desaparece después de unos meses. Simplemente están jugando partidas diferentes. Al final, podríamos entender la adaptación de las plantas, y otras formas de vida, como una partida de cartas. No se trata de recibir las mejores cartas, sino de sacar el máximo partido a las que tenemos.