¿Sale más barato comprar un pollo entero o por partes?

Cocina cotidiana

La diferencia no es tan grande como se dice, pero tampoco es un mito

Desglose de precios del pollo entero frente a sus cortes por separado.
Desglose de precios del pollo entero frente a sus cortes por separado. | @davidguibertchef (Instagram)

Comprar pollo es un gesto habitual en la cesta de la compra de la mayoría, aunque no todos lo hacemos con el mismo criterio. Entre bandejas ya preparadas y el pollo entero sin trocear, la diferencia de precio existe, aunque no siempre en la proporción que solemos imaginar.

Durante años hemos creído que comprar el pollo entero 'sale mucho más barato', pero pocas veces se concreta cuánto es ese ahorro y en qué condiciones se produce realmente.

La comparación vuelve a cobrar interés en un contexto en el que el gasto doméstico se revisa con lupa y en una época del año en la que muchos productos suben de precio. No tanto para encontrar atajos milagrosos, sino para entender qué estamos pagando cuando elegimos comodidad y qué implica optar por el producto completo.

En este análisis entra el chef David Guibert, que ha puesto cifras a una duda frecuente: cuánto cuesta comprar un pollo entero frente a adquirir sus distintas partes por separado. Su planteamiento busca situar la diferencia en su escala real, con datos concretos.

Qué dicen los números cuando se comparan

Al hacer la suma, el pollo comprado por partes resulta más caro que el entero. La diferencia ronda 1,50 euros, lo que equivale aproximadamente a un 16 % más por la misma cantidad final de carne. No es una distancia abrumadora, pero sí constante.

Vista de forma aislada, esa diferencia puede parecer irrelevante. Sin embargo, tratándose de un producto que aparece con frecuencia en la compra semanal, el sobrecoste se repite una y otra vez. A lo largo del año, ese pequeño margen deja de ser anecdótico y empieza a tener peso en el presupuesto.

Lo que no entra en la bandeja

El precio, por sí solo, no explica toda la diferencia. Comprar un pollo entero implica llevarse a casa piezas que no aparecen cuando se opta por bandejas listas para cocinar: huesos, carcasa, piel o recortes. Elementos que no siempre se valoran, pero que amplían el uso del producto.

Las alitas son un buen ejemplo. Vienen solo dos por pollo y rara vez justifican una comida inmediata, pero precisamente por eso funcionan bien como pieza de aprovechamiento. Congeladas poco a poco, permiten reunir cantidad suficiente para preparaciones sencillas y resultonas, ya sea al horno, en freidora de aire, fritas marinadas o incluso con sabores más especiados, como unas alitas al estilo coreano. Opciones que convierten una parte secundaria del pollo en un plato propio y evitan que se pierda ese valor añadido que no aparece reflejado en el precio.

Huesos y carcasa permiten preparar caldo de pollo, la piel puede aprovecharse para cocinar con su propia grasa y los muslos de pollo posibilitan elaborar múltiples recetas, desde la sencillez de unos muslos de pollo en freidora de aire, a elaboraciones más laboriosas como unos muslos de pollo rellenos o unos muslos de pollo en escabeche.

Cuando se compra por partes, ese aprovechamiento desaparece a cambio de una ventaja clara: rapidez y simplicidad. El producto llega listo para usar y se adapta mejor a una cocina inmediata.

Tiempo, organización y hábitos

Aquí aparece el verdadero factor de decisión. El pollo entero exige algo más que dinero: requiere saber despiezar, dedicar unos minutos extra y planificar mínimamente qué se hará con cada parte. No es un proceso complejo, pero sí implica atención y un poco de maña.

Para quienes cocinamos con regularidad y organizamos nuestras comidas, ese proceso forma parte de la rutina. Para quienes van justos de tiempo o buscan soluciones rápidas, el sobrecoste del pollo troceado suele asumirse como un intercambio razonable.

La elección, por tanto, no es solo económica. También habla del tipo de cocina que se practica en cada casa y del margen de tiempo disponible para sostenerla.

La mirada de David Guibert

Guibert insiste en que la diferencia no está pensada para notarse en una compra aislada, sino en la repetición. 'Visto una vez parece poco dinero', explica, 'pero si lo haces cada semana, a final de año es una cantidad que sí cuenta'. Por eso plantea la comparación más como una cuestión de hábito que como un cálculo puntual.

En el vídeo, esa idea se construye de forma práctica. Mientras despieza el pollo entero, va mostrando qué uso puede tener cada parte y cómo una sola compra se reparte en distintas elaboraciones. La diferencia económica se entiende así no solo por lo que cuesta el producto, sino por el recorrido que sigue en la cocina una vez llega a casa.

El planteamiento no se presenta como una lección de cocina económica ni como una norma válida para todos los casos, sino como una forma concreta de organizar la compra y el tiempo. El pollo entero aparece entonces no como una opción mejor en términos absolutos, sino como una que cobra sentido cuando se integra en una manera determinada de cocinar.

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